El jolgorio, por no emplear ese término bajomedieval de raíz eusquérica tan querido por las protagonistas –profanación sin más eufemismos- organizado por las hermosas doncellas de “Contrapoder” (¿?) en la capilla católica del campus de la Complutense de Somosaguas, el pasado 10 de marzo, ha generado no pocos comentarios; bastante superficiales, por cierto.
     
Fondo y forma son importantes. Y, en esta ocasión, uno y otra han sido acordes.

En realidad, este mediático e internauta espectáculo ha sido una muestra –otra más- del clima social existente en España: nutrido de relativismo, anticatolicismo casposo y decimonónico, pasotismo generalizado, la dogmática “políticamente correcta”; y buenas dosis de mal gusto y ejercicio gratuito de la violencia.
           
No será este modesto comentarista quien cuestione, a las autoproclamadas, la mayor parte de los epítetos con que adornaron sus semidesnudos y juveniles cuerpos en aquella patética demostración. Cada palo que aguante su vela, sobre todo si la ha tejido –o desvelado- conscientemente.
           
Pero sí me permitiré hacerlo con uno que, al igual que los otros, reivindicaron con trasgresora intolerancia y desparpajo; que no es otro que el de “libres”… pero, ¿de qué? Libertarias, libertinas, libérrimas… ¿libres?
           
Por el contrario, estas mujeres jóvenes, tan poco originales en sus velos carnavalescos, y sus expresiones emanadas del bajo vientre, han sido –lo son- esclavas.

-          Esclavas del pensamiento y el poder “políticamente correctos”.
-          Esclavas de su cobardía, pues, al parecer que todavía no han acudido, ni se les espera, en mezquita alguna.
-          Esclavas de su instintividad al margen de una afectividad racional y adulta.
-          Esclavas de tópicos mal digeridos, incompatibles con la formación y oficio universitarios.
-          Esclavas de un ultrafeminismo de la revancha.
-          Esclavas de un chocante sentimiento de superioridad.
-          Esclavas de su incapacidad de diálogo con otras identidades culturales y sociales que no sean la propia.
-          Esclavas de ideologías (comunismo y anarquismo) responsables de las mayores atrocidades a escala industrial, junto al nazismo, perpetradas jamás contra el ser humano.
-          Esclavas de la frivolidad y superficialidad.
-          Esclavas de la intolerancia que afirman denunciar.

Ciertamente, si bien pretendían denunciar los excesos de tan denostados y proscritos patriarcado y machismo, han caído en sus peores expresiones; en simétrica y triste imitación. No los han descalificado; por el contrario han incurrido en sus mismos defectos. Y, lo que es peor, acrecentados, pues del privilegio que supone vivir la Universidad, poco han aprendido.
En nuestra vieja, civilizada, decadente y agonizante Europa, ya están de vuelta de estos akelarres; finalmente, lo digo. Es más: serían descalificados como agresiones a la más elemental cultura cívica.

Pero no toda la responsabilidad, que evidentemente la tienen, es suya. Pues, seguramente, no han encontrado, en sus ajetreadas y ligeras vidas, otra propuesta cultural y vital más atractiva.Si bien no está hecha la miel para la boca del cerdo, y dado que siempre existirán extremistas y frikis, como se trata de personas, de seres humanos únicos e irrepetibles, acaso este ejercicio de temperamento ibérico no sea sino otra expresión de un fracaso colectivo: del Estado, de la Universidad, de las familias, también de la propia Iglesia… Una patología social, en suma, termómetro de la salud moral y ciudadana de nuestra España del siglo XXI. Una España que no termina de aprender del pasado y que, incurre, como tantas otras veces, en viejos defectos y reiterados comportamientos. Eso sí, con lencería de chica mona, vaqueros de marca y faldas hippijas.

Autor: Fernando José Vaquero Oroquieta