Autor: Carlos Pérez- Roldán y Suanzes


 
Ante la presente crisis económica, los partidos políticos no han duda en desplegar una intensa labor reformista, o por lo menos, no han dudado en anunciar una intensa labor reformista. Se reforman los mercados de capital, el mercado laboral, los organismos de control financiero, las pensiones, los gastos sociales, las prestaciones públicas… pero hasta la fecha, no se ha planteado de forma seria la necesaria reforma del Estado, la necesaria reforma de la organización política.
 
Las democracias occidentales han entrado en una profunda crisis, soslayarla o desconocerla es una auténtica necedad.
 
Cuando se quiere acusar a los mercados financieros como únicos responsables, se está olvidando que dichos mercados han sido regulados, protegidos, patrocinados y en multitud de ocasiones, representados por el poder político aupado mediante sistemas democráticos de elección.
 
El sufragio universal ha sustituido a la responsabilidad personal, la voluntad popular ha sido sustituida por la voluntad parlamentaria. El Estado, ha pasado de ser la forma de organizarse una sociedad política concreta, a ser el organizador único de la sociedad.
Hace tiempo que perdimos la familia como unidad básica en la organización política. Su fuerza en el terreno político decreció según aumentaba el peso específico del individuo presentado desarraigado de cualquier tradición, de cualquier pasado, de cualquier entorno, como máxima expresión del poder, como único referente válida, como único elector del poder político. Y en esas parecía que vivíamos, hasta que nos hemos enterado que ya ni el individuo de forma aislada es la medida del actual Estado; ahora, la medida viene fijada por el individuo en cuanto político, en cuanto supuesto representante de la supuesta soberanía popular.
 
La administración ya no se configura, ni para la familia, ni para el individuo, ahora se configura únicamente para el político. Las duplicidades administrativas, el exceso de competencias, la continua intromisión en los ámbitos privados o familiares, la regulación de todas y cada una de las actividades humanas, sólo buscan garantizar la permanencia de un Estado que ya no tiene como vocación la persona.
 
Las corporaciones naturales, o cualquier representación de la sociedad civil, han sido sustituidas por los partidos políticos y los sindicatos como únicos defensores del supuesto interés general; y ahora, nos vemos indefensos ante una crisis que nadie ha buscado, pero todos hemos encontrado.
 
La única solución a la verdadera crisis es la vuelta al ser humano, tal y como este se presenta en la historia, es decir, la vuelta al individuo formando familia, constituyendo municipio, integrando región, levantando nación, y perteneciendo a la global comunidad humana.
 
El Estado ha de volver la vista al individuo- familia. La organización política ha de responder a las necesidades del conjunto de familias libres que forman la nación. Los parlamentos han de pasar de conformar realidades, a satisfacer intereses generales. Ese es el único camino, y para seguirlo, hemos de reformar todas las estructuras de poder, para transformarlas en estructuras de servicio.