Opinión‎ > ‎Artículos de opinión‎ > ‎

Carta abierta a Don José Bono.

publicado a la‎(s)‎ 3 ene. 2010 3:11 por Tomás Moro

Madrid, a 28 de noviembre de 2009

Estimado Sr. Bono Martínez:

Ante todo, quiero agradecerle su clarividencia al escribir en el Diario el País, de fecha 26/11/2009, el artículo de opinión titulado “Aborto: ni derecho ni obligación”. Efectivamente, usted parece ser el único político que se ha dado cuenta de la necesidad de extraer el debate sobre el aborto de ámbito parlamentario, pues el Parlamento ha dejado de representar el sentir mayoritario del pueblo español en el tema que ahora tratamos, tal y como se ha puesto de manifiesto, no sólo en la manifestación del 17 de Octubre pasado, sino también en la multitud de iniciativas desarrolladas por las organizaciones en defensa de la mujer, y en defensa de la infancia, y en multitud de encuestas de opinión publicadas en los últimos meses.

No obstante, considero sumamente errónea su línea de pensamiento, por ilógica, incoherente y falta de verdad. De igual forma, considero un  error gravísimo el uso que pretende hacer con fines políticos de la religión católica, y la interpretación sui géneris que hace del Evangelio, que ante todo significa Buena Noticia, y cuya bondad encuentra sus raíces en la verdad, verdad que desde luego está asunte es su artículo de opinión.

Es evidente, que usted tiene razón cuando dice que “tengo la convicción de que en el seno materno se alberga una vida humana en formación que es digna de protección”, sin embargo no acierta al decir que “estamos ante un valor constitucional”, pues el derecho a la vida no sólo es un valor constitucional, sino que el derecho a la vida es ley natural, ley común a todas las sociedades, auténtica alianza en la verdad entre la humanidad, ley que es fruto  de la verdad y la libertad.

Por todo ello, quiero transmitirle a usted y a la opinión pública, los graves errores en que incurre, y la confusión de la que parece prisionero.

En primer lugar, es necesario recordar que la política no es la legitimada para plantear o cerrar debates, sino que es la sociedad la que ha de estimar oportunos abrirlos o no. Es más, no creo necesario recordarle que los debates que están aparentemente cerrados, pueden reabrirse con el paso del tiempo. En su propio partido político tiene ejemplos significativos; así, durante la II República el Partido Socialista Obrero Español saldo el debate del derecho femenino al voto, negándole a la mujer dicho derecho, que sólo se aprobó gracias al apoyo de los partidos llamados de derecha; sin embargo, con el transcurrir del tiempo, su propia formación política reabrió dicho debate interno para apoyar sin fisuras el voto femenino, circunstancia esta de encomiable elogio.

Igualmente, podemos encontrar otros debates en la realidad social y política española, que estaban completamente saldados para la sociedad, y que su partido político decidió reabrir hace un años con las reformas de los estatutos autonómicos, desoyendo la realidad social y creando unos perniciosos efectos jurídicos- políticos, que están complicando la paz social. Este es, precisamente, el peligroso antecedente sobre el que todos los parlamentarios españoles tendrán que reflexionar, antes de apoyar una reforma legislativa sobre el aborto, que profundizará el enfrentamiento social.

Parece curioso que en su artículo pretenda convencernos de que la regulación propuesta sea fruto de una concepción preventiva, expresión por otro lado desafortunada, por cuanto nos recuerda otro intento ideológico de justificar lo injustificable, a través de una expresión similar “guerra preventiva”. Efectivamente, la más elemental de las lógicas nos lleva a concluir que cualquier aborto implica un embarazo previo, sin que la nota de lo deseado o no deseado de dicho embarazo, pueda alterar en nada la decisión legislativa sobre la licitud o ilicitud de aborto. En este sentido, no se entiende que se traten de impedir los embarazos no deseados, mediante actuaciones posteriores (aborto) a la realización del hecho que pretendidamente se trata de evitar. La lógica se impone.

No obstante lo anterior, me sorprende que se olvide que el aborto y la inducción al aborto, son una de las conductas más típicas en el ámbito de la violencia a la mujer. Efectivamente, un número significativo de mujeres optan por el aborto ante las amenazas de sus maridos, parejas, o simplemente, ante las coacciones del padre del hijo que portan en su vientre.

De igual forma, me resulta de todo punto imprudente la cita que hace de documentos papales, que está claro que desconoce. Efectivamente, usted cita la encíclica Evangelium Vitae, de una forma fragmentaria e interesada de parte. Así, cuando usted copia un párrafo de la misma “un parlamentario… puede lícitamente ofrecer su apoyo a propuestas encaminas a limitar los daños de esa ley (aborto) y disminuir así los efectos negativos”, está realizando la cita sin la más mínima lealtad debida a los textos papales, pues el epígrafe concreto al que usted se refiere, número 73, dice literalmente lo siguiente: “En el caso expuesto, cuando no sea posible evitar o abrogar completamente una ley abortista, un parlamentario, cuya absoluta oposición personal al aborto sea clara y notoria a todos, puede lícitamente ofrecer su apoyo a propuestas encaminadas a limitar los daños de esa ley y disminuir así los efectos negativos en el ámbito de la cultura y de la moralidad pública. En efecto, obrando de este modo no se presta una colaboración ilícita a una ley injusta; antes bien se realiza un intento legítimo y obligado de limitar sus aspectos inicuos.” Circunstancia que no se da en el actual debate parlamentario, pues bastaría el cambio en el sentido del voto de algunos diputados socialistas, o el voto contrario de todos los diputados de la oposición, para evitar la perpetración de un delito de lesa humanidad, como es el aborto.

Usted cae en el mismo error que el Consejo de Estado advirtió en el texto del Anteproyecto de Ley, pues dicho Consejo acusa al legislador de falta de lealtad a las normas y declaraciones internacionales. El Consejo de Estado ya advirtió que las normas internacionales deben ser citadas en su integridad, expresando claramente su autoría y su espíritu, en el mismo sentido, deben ser citados los documentos papales.

Efectivamente, creo que no es necesario recordarle que la propia Evangelium Vitae dice que, “la vida humana es sagrada e inviolable en cada momento de su existencia, también en el inicial que precede al nacimiento. El hombre, desde el seno materno, pertenece a Dios que lo escruta y conoce todo, que lo forma y lo plasma con sus manos, que lo ve mientras es todavía un pequeño embrión informe y que en él entrevé el adulto de mañana, cuyos días están contados y cuya vocación está ya escrita en el « libro de la vida » (cf. Sal 139 138, 1. 13-16). Incluso cuando está todavía en el seno materno, —como testimonian numerosos textos bíblicos — el hombre es término personalísimo de la amorosa y paterna providencia divina” (parágrafo 61).

De igual forma, es imprudente acusar a los religiosos españoles de mansedumbre durante los gobiernos del Partido Popular. Sin duda, su escasa asistencia a la Santa Misa, o su distraída escucha de los sermones, le han impedido constatar que la condena de la Santa Madre Iglesia al aborto ha sido constante, reiterada, clara y sin dobleces, y se ha expresado tanto en intervenciones del Santo Padre, como en intervenciones, entrevistas, escritos, discursos e instrucciones pastorales, siendo constante la defensa de la vida desde la predicación diaria desde los púlpitos.

Resulta igualmente sorprendente, que usted se erija en máximo interpreta de las palabras de Nuestro Señor Jesucristo, pues dicha postura le aleja de forma clara y pública de la religión católica a la que dice pertenecer, y le acerca a posiciones claramente heterodoxas y protestantes. Efectivamente, si para los textos religiosos usted defiende la libre interpretación, sería coherente que defendiera la libre interpretación de la Constitución Española por parte de los ciudadanos, y que abogara por la desaparición del Tribunal Constitucional, único interprete de nuestra Carta Magna. Es evidente, que su obstinada defensa de la libre valoración de la verdad (ya sea religiosa, como jurídica), llevaría a la sociedad al más indeseable de los desórdenes.

También aboga en su artículo por que el resultado del debate parlamentario sea “conforme con el patrimonio moral compartido por la mayoría de los españoles”. En este sentido, no sería necesario recurrir al debate parlamentario, siendo suficiente que dicha reforma legislativa se sometiera a referéndum, eventualidad jurídica que su partido político ha querido evitar para no evidenciar el clamoroso rechazo del aborto por parte de la mayoría del pueblo español.

“La política no puede limitarse a la proclamación verbal de los principios. Por el contrario, debe atender a la realidad concreta en la que los principios han de aplicarse, evaluando las consecuencias de tal aplicación”, llega usted a afirmar. Me parece necesario recordarle que la verdad y la vida, no son valores negociables, pues la experiencia histórica nos ha enseñado que toda negociación en el valor absoluta a la vida lleva a regímenes totalitarios, siendo sin duda el más significativo el régimen nacionalsocialista instaurado en la Alemania de los años 30, que de tanto negociar con la vida (primero de los judíos, después de los cristianos, después de los gitanos, y después de todos), se convirtió en un régimen de poder terrorífico, que todavía es tristemente añorado por los políticos que desean imponer sus ideologías, aún en oposición a las más elementales normas de la verdad y la moral.

“¡Mujer actúa en conciencia, esta ley no te condena!”, con estas palabras termina usted su aportación intelectual al debate sobre el aborto. Cuanto me duela darle la razón, pues efectivamente esta ley no condena a la mujer (circunstancia no querida por nadie), condena al niño, condena a la esperanza, condena a la vida. Efectivamente, la mayoría de las mujeres actuarán en conciencia, y llevarán su estado de gestación hasta el feliz momento del alumbramiento, convirtiendo la esperanza en realidad, haciendo de la vida el más manifiesto de los milagros con los que Dios regala a los hombres de buena voluntad.

Afortunadamente, la vida seguirá naciendo a pesar de las leyes, y usted, al igual que todos los parlamentarios que apoyen la ley del aborto, no cesará de oír las voces de los inocentes, las voces de la verdad, del amor y de la justicia, que hoy apelan a su conciencia para parar el nuevo holocausto del siglo XXI, el holocausto más infame y cruel, el holocausto de los llamados a la vida.

Esperando de usted una mayor coherencia entre su pretendida defensa a la vida, y su actuación pública, me despido rogándole que su mano no se manche con la sangre de las frustradas vidas de los inocentes, 

Carlos Pérez- Roldán y Suanzes

Secretario de Comunicación del Centro Jurídico Tomás Moro