Autor: Fernando Pascual

La revolución que inicia con la píldora anticonceptiva aprobada en 1960 recogía una tradición muy larga en la historia humana.
 
A lo largo de los siglos, distintos pueblos habían buscado métodos más o menos eficaces para evitar el nacimiento de los hijos.
 
Los motivos para tal proceder, desde luego, podían ser diferentes. Algunos evitaban embarazos para no tener que afrontar situaciones de escándalo o de reprobación social. Otros simplemente creían que la pobreza creaba una especie de obligación para evitar nuevos nacimientos.
 
No faltaron pensadores para los que el “exceso de población” era visto como una amenaza para la propia ciudad o pueblo, por lo que habría que tomar medidas para evitarlo. Otros buscaban caminos para que no nacieran hijos defectuosos o de ciertas razas, por lo que veían necesario impedir a las parejas concebirlos (sin excluir, por desgracia, el recurso al aborto y al infanticidio si llegaba al mundo un hijo “descartado” por sus defectos).
 
Entre las poblaciones de Egipto, existían prácticas anticonceptivas como el coito interrumpido (o retiro) o el uso de tapones vaginales. Un papiro egipcio (el Ebers), datado en 1550 a.C., habla de una especie de tapón usado por la mujer para prevenir nacimientos.
 

En la India y en China encontramos documentos antiguos que hablan de pociones que, consumidas según reglas precisas, podían provocar la esterilidad femenina o un aborto sin dolor. También se habla de ungüentos a aplicar en la vagina para impedir la fecundación, y se conocía el uso de tapones vaginales.
 
Entre algunas poblaciones indígenas de la América precolombina existía la costumbre de masticar plantas o preparados especiales, normalmente muy poco agradables, con la intención (no probada con bases científicas) de evitar el inicio de un embarazo.
 
Por lo que se refiere al condón, parece que empezó a usarse algo parecido ya en Egipto a partir del 1000 a.C. La técnica alcanzó un desarrollo especial en Japón a partir del siglo X d.C.
 
Además de las técnicas orientadas a evitar nacimientos, en el mundo antiguo (como, por desgracia, también en la actualidad) se recurría al aborto como una especie de método para evitar nacimientos no deseados, si bien resulta claro que se trata de un acto muy diferente a lo que técnicamente conocemos como anticoncepción. Conviene no olvidar este uso del aborto porque en cierto modo es un resultado de la misma mentalidad anticonceptiva: si no funcionó el método para evitar una concepción no deseada, muchos recurrían a una especie de “plan B”, el aborto.
 
Respecto de esta temática encontramos reflexiones importantes en dos grandes filósofos de la Antigüedad, Platón y Aristóteles. Para el primero, según ideas expresadas en la República, sólo los mejor dotados podían tener hijos (que seguramente nacerían sanos), mientras que las personas de mala constitución física deberían evitarlos con métodos más o menos sofisticados (incluyendo el abandono, quizá el infanticidio, si nacían hijos deformes). Al mismo tiempo, Platón hipotizaba que un estado bien organizado debería evitar tanto el exceso como el defecto de población, por lo que era conveniente un buen sistema para “planificar” los nacimientos.
 
Aristóteles, por su parte, también consideraba que era legítimo concebir hijos sanos, y que era necesario evitar nacimientos de hijos con defectos. Conocía, además, una técnica anticonceptiva que consistía en untar el útero con aceite de cedro o alguna otra sustancia (cf. Investigación sobre los animales VII 3, 583a22-25). En el caso de que iniciase un embarazo “ilegal”, habría que abortar en las primeras semanas del embarazo al hijo así concebido. Si el niño nacía defectuoso, era legítimo el abandono o infanticidio.
 
Platón y Aristóteles son parte de una cultura, la griega, que elaboró importantes tradiciones médicas, entre las que podemos recordar la escuela hipocrática (siglos V-IV a.C.). En ella se conocía el uso de pociones que asegurarían (hipotéticamente) la esterilidad por un año. También se recurría a distintos métodos para extraer de la vagina el semen masculino después de la relación sexual.
 
En el mundo romano hay breves informaciones sobre métodos orientados a evitar la concepción. Lucrecio (siglo I a.C.) alude a algunos posibles movimientos de la mujer con los que dificultaría la subida del semen por la vagina hacia el ingreso del útero. Plinio el Viejo (siglo I d.C.) habla de otras técnicas, incluso de algunas recetas caseras que, supuestamente, impedirían la concepción.
 
El autor que expone con más detalles diversas técnicas anticonceptivas fue Sorano de Éfeso (I-II d.C.), considerado uno de los padres de la ginecología antigua. Entre las técnicas mencionadas, algunas son de tipo físico (movimientos que puede realizar la mujer para impedir al esperma entrar en el útero, lavado de la vagina, etc.), y otras de tipo “químico” (pociones a base de hierbas o de otras sustancias). También habla de tapones que puede introducirse la mujer, siempre con fines anticonceptivos.
 
El mundo cristiano condenó decididamente las prácticas anticonceptivas y el aborto, pues consideraba que la transmisión de la vida era una importante misión que el ser humano había recibido de parte de Dios. Ello no impidió el que en pueblos que habían recibido el Evangelio hubiera personas especialmente interesadas en evitar la concepción de hijos con la ayuda de técnicas condenadas por la Iglesia.
 
A partir del siglo XV, en Europa aumenta el deseo de tener menos hijos, sobre todo entre las personas que habían logrado un mayor nivel de vida. Las “técnicas” para ello eran muy sencillas, la mayoría de las veces a través de formas de relación sexual incompleta. Con el pasar del tiempo se notó en algunas zonas geográficas un fuerte descenso de la natalidad.
 
El condón o preservativo aparece en el mundo occidental, según algunos estudios, en la segunda mitad del siglo XVI, y alcanza una amplia difusión en los siglos siguientes. Logra una mayor perfección técnica a partir de 1843, cuando se descubre cómo vulcanizar el caucho.
 
El uso del diafragma en la mujer empieza a generalizarse en Occidente desde 1880, a partir de los trabajos del médico alemán Wilhelm Mensinga.
 
Los distintos avances de la medicina y de la biología en los siglos precedentes, especialmente tras el descubrimiento de la existencia de los espermatozoides y de los óvulos en el ser humano, prepararon el terreno para que durante el siglo XX fuera posible conocer de modo científico el ciclo de la fertilidad femenina. Desde tal conocimiento, y con la presión de diversas ideologías que promovían el control de la natalidad, estaba preparado el campo para la revolución anticonceptiva que la píldora desencadenó con especial fuerza durante el siglo XX.