Autor:Alberto Carrara

 

Neuroderecho o neuroley son nuevos conceptos de nuestra época «neuroantropocéntrica» caracterizada por la primacía de una explicación a nivel cerebral de todas las dimensiones de lo “humano”. 

 

Estos términos ni siquiera aparecen en la famosísima enciclopedia libre Wikipedia. Al “googlear” (nuevo término utilizado por los aficionados de Google) estas palabras uno se queda asombrado: ya existen numerosos sitios Web compuestos con esta palabra: neuroderecho.com, neuroderecho.net, neuroderecho.info son simplemente algunos ejemplos de una copiosa lista.  

 

Ya el diario ABC de Madrid, en un reportaje del 12 de marzo de 2007 (p. 79), hablaba sobre las argumentaciones de los entusiastas del NeuroDerecho.  ¿Entonces de qué estamos hablando?

 

La temática es realmente nueva por el reciente éxito tanto en la prensa científica como en la general. Desde junio de 2002, precisamente después del “nacimiento” oficial contemporáneo de la neuroética que tuvo lugar en San Francisco con ocasión del congreso titulado Neuroethics: Mapping the Field promovido por la Universidad de Stanford y de California, empezaron una serie de publicaciones, la mayoría en lengua inglesa, sobre neurociencia y derecho.

 

Simplemente para entender la dimensión del fenómeno de la relación neurociencia-derecho, se puede recordar cómo en 2004 la Royal Society de Londres dedicó un número monográfico de la revista Philosophical Transactions a esta temática emergente. En 2006 la misma sociedad científica inglesa actualizó y volvió a editar un segundo volumen sobre neurociencia y derecho. Importante en este ámbito se considera el libro editado en 2004 por Brent Garland titulado Neuroscience and the Law que contiene artículos del célebre neuropsiquiatra americano y “padre” de la neurociencia cognitiva, Michael S. Gazzaniga. En 2007 la prestigiosa revista American Journal of Law & Medicine divulgó un numero monográfico sobre el Brain Imaging and the Law, es decir, acerca de la relación entre las imágenes de resonancia magnética funcional y el derecho. La cuestión de cómo las evidencias neurocientíficas sobre nuestro cerebro pueden influir en la jurisprudencia se vuelve aun más patente en el número especial que edita en 2008 la revista Behavioral Sciences and the Law. Último en mencionar, aunque no lo sea cronológicamente, es el volumen que se publicó en la segunda mitad de 2008 Neuroscience in the Courtroom: What Every Lawyer Should Know About the Mind and the Brain, que presentaba todo lo que un buen abogado tiene que saber acerca de la mente y del cerebro para ser eficaz en un proceso penal.

 

La teoría nunca se queda en el aire sino que, antes o temprano, se convierte en hechos concretos, reales y tangibles. Fue así que las hipótesis neurocientíficas dieron origen a la primera sentencia europea en la cual se ha reducido la pena a un asesino por tener en cuenta su estado cerebral y genético. Se analizaron  imágenes de resonancia magnética funcional y el estado genético de 5 variantes “alélicas”. La noticia publicada por la revista científica Nature el 30 de octubre de 2009 con el titulo Lighter sentence for murder with ‘bad genes’; se refiere al hecho controvertido que sucedió en el norte de Italia. En septiembre de 2009 un juez del Tribunal de Apelación de Trieste sentenció la reducción de la pena a 8 años y 2 meses para Abdelmalek Bayout, un ciudadano argelino que en 2007 atacó y asesinó brutalmente a un hombre colombiano simplemente por haberle insultado.

 

¿Cómo se llegó a una tal despenalización?

 

El juez italiano, para aclarar si Abdelmalek Bayout padeciese de una enfermedad mental, mandó hacer un análisis detallado sobre el estado psicofísico del asesino. Fueron nombrados dos especialistas en la materia, un neurocientífico molecular y un neurocientífico cognitivo. Después de numerosos estudios los datos emergentes detectaron algunas anomalías en los resultados de neuroimagen y en cinco genes asociados, como reporta cierta literatura científica, a un comportamiento violento. Entre los genes alterados estaban los MAOA, responsables de la producción de un enzima que toma parte en el metabolismo de los neurotransmisores a nivel cerebral. Los científicos concluyeron que el asesino por su estructura genética y cerebral estaba predispuesto a un comportamiento violento bajo estímulos ambientales adversos.

 

Con estos datos en la mano el juez italiano decretó la reducción de la pena.  

 

Llegando a este punto, como bien se preguntó la revista Nature, ¿las evidencias científicas actuales avaloran las conclusiones del relato?

 

Ya en 2002 un estudio dirigido por Terrie Moffitt, un genetista del Instituto del Psiquiatría del King’s College de Londres, demostraba cómo niveles bajos de expresión de MAOA se asociaban a la agresividad y a una conducta criminal en jóvenes muchachos criados en un ambiente hostil (revista Science, 2 de agosto de 2002, Vol. 297, n. 5582, pp. 851-854). 

 

Este dato podría ser interpretado de manera sumaria y reductiva si no se tomara en cuenta la complejidad de nuestro sistema genético. Hoy en día no se conoce cómo actúa en su conjunto el genoma, es decir, los más de 19,000 genes humanos. También se tendría que tomar en cuenta el posible efecto protectivo de diferentes genes que pueden anular el efecto patológico de un gen “enfermo”. Más aun, un juicio prudente no puede fundarse en un análisis genéticos que involucre simplemente unos cuantos genes. Y si esto no bastara, hay fuertes evidencias en la literatura científica de que los efectos de genes MAOA considerados “patológicos” varían notablemente entre los distintos grupos étnicos (Biol Psychiatry: 60 (7): 684-689, 1 de octubre de 2006). 

 

A fin de cuentas, como bien subrayó Nita Farahany de la Universidad de Nashville (Tennessee, EEUU), especialista en cuestiones legales y éticas emergentes de la neurociencia y de la genética del comportamiento, el punto clave de la pobreza científica de los estudios realizados es que no se puede hoy en día explicar comportamientos individuales simplemente con análisis neurocientíficas y genéticos, ni siquiera de los más avanzados (revista Nature del 30 de octubre de 2009, Lighter sentence for murder with ‘bad genes’).  

 

No es la primera vez en la historia que se utilizan evidencias genéticas para defender la hipótesis de que un individuo sufra una predisposición a un comportamiento violento. El primer intento se realizó en 1994 en Estados Unidos con el caso denominado Stephen Mobley. Muchos de estos intentos fueron vanos y esto prueba cómo los jueces tienden a rechazar la idea de que una persona humana no tenga control sobre sus actos deliberados a causa de sus genes o de su cerebro.

 

La estructura biológica del ser humano no lo determina de manera estricta. El hombre sabe ir más allá de su biología. Es normal que cuando ésta se enferme, sobre todo si se refiere al órgano cerebral, toda la persona sufra alguna descompensación.

 

El hombre es una unidad donde conviven dos principios, no dos substancias: el material y el espiritual, cuerpo y alma. Como afirma el antropólogo Lucas Lucas, “el organismo viviente funciona como un todo; es un unum per se en el que todas las funciones están armonizadas en un sistema unitario” y “esta unidad funcional del organismo humano, ya desarrollado y diferenciado, depende esencialmente del encéfalo” (Explícame la persona, ART, Roma 2010, pp. 253-254). Esta dependencia no equivale a identidad.

 

Aquí, en el campo muchas veces malentendido de la identidad entre biología y biografía, se juega la relación entre neurociencia y derecho que conlleva toda la problemática de la libertad de la persona humana y de su capacidad de tomar determinaciones de manera consciente y libre. 

 

No es el cerebro quien se presenta al banquillo de los acusados, sino que es toda la persona humana en su integridad la que es llevada frente un juez para responder de sus acciones.

 

Como recuerdan José M. Giménez-Amaya y José I. Murillo en su estudio acerca de la mente y del cerebro frente a la neurociencia contemporánea, el extraordinario progreso de la neurociencia ha suscitado el convencimiento de estar cerca de desentrañar el misterio global de la organización del sistema nervioso y de las funciones superiores del hombre (Mente y cerebro en la neurociencia contemporánea. Una aproximación a su estudio interdisciplinar, Scripta Theologica, vol. XXXIX, fasc. 2, mayo-agosto 2007, pp. 607-635). Aunque la neurociencia se sitúe en la vanguardia de todas las ciencias, no puede medir empíricamente la espiritualidad humana. Esta dimensión se descubre de una deducción racional a través, por ejemplo, de tres hechos fundamentales de los cuales todos tenemos experiencia: la precariedad de nuestra estructura biológica, nuestro conocimiento intelectual, y nuestras decisiones libres y voluntarias. Los dos estudiosos españoles remarcan como una postura antropológica de reduccionismo neurobiológico, como la que se está dando en algunos de los casos de neuroderecho y neuroley, no hace bien a la ciencia misma porque oculta la existencia de una parte de la realidad así que el resultado final es un hombre a mitad (Neurociencia y libertad. Una aproximación interdisciplinar, Scripta Theologica, vol. XLI, fasc. 1, enero-abril 2009, pp. 13-46). La neurociencia necesita un nuevo enfoque integral sobre la persona humana.

 

El antropólogo Lucas Lucas sintetiza esta visión integral afirmando que “el hombre es un ser en el que se hace patente la espiritualidad no sólo en su inteligencia y voluntad, sino también en su estructura biológica. Su precariedad instintiva requiere la presencia del espíritu para poder sobrevivir y dejar espacio al pensamiento y a la libertad” (Explícame la persona, p. 203).

 

Tal precariedad biológica conlleva también la posibilidad de que una estructura como la genética o la cerebral se dañen. Esta visión deja además abierta la posibilidad efectiva del influjo del medio ambiente sobre la estructura psico-bio-física del hombre, influjo que modula y no determina rígidamente el todo. Es necesario conocer cómo nuestros genes y nuestra estructura cerebral influyen en nuestros comportamientos recordando, como se puede leer en uno de los comentarios al artículo de Nature del 30 de octubre de 2009 (http://www.nature.com/news/2009/091030/full/news.2009.1050.html), que los genes no producen malas personas: los genes producen proteínas.

 

Concluyendo, es posible, más aun, son necesarios la relación y el dialogo interdisciplinar entre neurociencia, filosofía y derecho a fin de profundizar en el misterio de la persona humana y de integrar todos las aportaciones para facilitar al juez una clave de interpretación de la conducta humana que sea lo más integral posible.