Autor: Pedro Rizo

 
No hay que ser agrónomo para saber que una buena cosecha requiere de buena semilla, buena tierra, buen abono, riego adecuado y, sobre todo, grandes dosis de paciencia. Es obvio que el agricultor no se para frente al sembrado y le exige prepotente: “¡Dame ya mismo la cosecha!” Como en todo en esta vida, los mejores resultados se dan también en la política, en la guerra y en el progreso de una nación cuando se ha sabido prepararse sin prisas, sin alardes, en silencio, sin más elogio que la propia satisfacción. Muy parecido al bambú.
 
Digamos ya algo sobre el título que elegí para este trabajito. Y es que es verdaderamente asombroso lo que sucede con el cultivo del bambú japonés, que no lo hace apto para impacientes. Siembras la semilla, la abonas, te ocupas de regarla constantemente y durante los primeros seis meses no sucede cosa apreciable. En realidad no pasa nada durante los primeros siete años. ¡Siete años! A tal punto, que un aficionado no avisado estaría convencido de haber comprado semillas muertas. Sin embargo, al final del séptimo año y en un periodo de sólo seis semanas la planta de bambú crece ¡más de 30 metros!
 
¿Tardó el bambú sólo esas seis semanas en crecer? No. La verdad es que fueron siete años. Durante esos siete años sin dar una mínima muestra de existir el bambú estuvo creando un complicado sistema de raíces que le iban a permitir el vertiginoso crecimiento de sus últimas seis semanas. Para elevarse por encima y más allá, buscando el cielo al cimbrearse como un junco, esbelta y fina como reina de una pasarela. Y qué planta, válganos Linneo. Un cuerpo denso y armonioso con una corteza brillante y dura como el pedernal, a la vez que maleable y útil para miles de aplicaciones. En fontanería o en medicina, desde un entarimado hasta la impermeabilización del palacio de un mandarín; lo mismo para una caña de pescar que para un puente sobre el rio Kwai. Una joya.
 
Al contrario que el humilde bambú en su entierro, en el mundo corriente buscamos triunfos inmediatos – aunque vengan sembrados de problemas -, sin entender que el éxito es el resultado de un cuidadoso trabajo interno, que no se ve; de aprender que en esta vida nada se obtiene sin esfuerzo y renuncia. Justamente lo bueno de verdad está casi siempre escondido en la biografía de las personas y de sus empresas: el honor y la jerarquía de valores, la cumbre más alta alcanzada sin que nadie nos vea, la chica perfecta (o chico) de cuyo corazón te adueñaste. Por las metas pequeñas, esas que de las que sólo uno sabe, se adquieren raíces poderosas como lo son el espíritu optimista, la confianza en uno mismo, energías en fin que tienen múltiples aplicaciones de mucho precio en lo cotidiano. De miles de triunfadores en la vida pocos saben de la mucha paciencia que se exigieron, la instrucción, la competición, el entrenarse en la adversidad, el enfrentar los retos secretos que a todos llegan, Y hacerlo sin red y sin protectores. Descubriendo “el goce de hacer el bien por sólo el gozo de hacerlo”. Todo esto, como para el bambú, trae el desarrollo callado de una fuerte personalidad, valiente sin arrogancia, creyente sin superstición, segura sin autosuficiencia, leal con la propia sangre y generosa con la ajena.
Los siete años del bambú nos enseñan a descubrir la verdad de nosotros mismos, saber elegir lo que nos conviene y, alguna vez, no siempre, sacrificar con dolor lo que nos gusta porque sabemos que estorba. Sin ese periodo de fe en nosotros mismos, sin esos siete años – días, horas, lustros – de íntimo trabajo tampoco nosotros creceríamos. Así, sin sacrificar el yo en un plan de mejora a seguir con constancia muchos hombres y mujeres, muchos partidos y empresas son flor breve de unas horas. En el bambú, siete años bastan para hacer surgir una maravilla de la naturaleza. Si lo aplicamos al ser humano, o a sus organizaciones y carreras, podemos decir que somos algo mucho más admirable que el bambú. En la planta japonesa el fracaso en su cultivo no tiene vuelta atrás, pero en el hombre o en sus organizaciones sí; todo puede regenerarse. Somos como frutales que mejoran con la poda, ¿sabemos podar?; que se enriquecen exponencialmente con los injertos, a veces traumáticos, de lo que nos hace mejores. Entonces es cuando el “hombre bambú” demuestra la enorme distancia a que puede elevarse sobre el resto de criaturas.
 
Con todo, por falta de fe o por inconstancia, muchos de los que aspiran a resultados en corto, abandonan súbitamente, con frecuencia justo cuando ya estaban tocando meta. Y entonces se auto engañan con el roce del éxito de otros. Cientos de pequeños partidos de izquierdas y derechas, pero más de derechas, que aparecen en los colegios electorales sólo viven de las huellas de otros tiempos y de otros gestores. Su apariencia no es verdadera existencia, su acercamiento al vecino no es más que reflejo parasitario. Justamente estos casos demuestran que la impaciencia no fue por ahorro de tiempo, como podría pensarse, sino por claro desprecio de su valor. El tiempo, que es oro para los ingleses, es para los “impacientes” (suena igual que indolentes) oro líquido que se va por el desagüe de los buenos propósitos. Error común de los que piden el beneficio sin haberse preparado para el servicio.
 
Algunos políticos de vocación, algunos partidos, equipos, etc. se ilusionan con que podrán superar con su gran agenda de amigos los años perdidos en cómodas reuniones de casinos y ateneos. No tienen equipo, no tienen financiación, excepto cuotas aleatorias y generalmente morosas. Su mensaje es inconcreto y propio de funcionarios eruditos. Sus militantes, en muchos casos los dedos de una mano; la respuesta a sus congresos y asambleas, oportunidad para mentir en sus noticieros. “No importa la pobreza – piensan – porque nuestro ideal es tan hermoso que se impone por sí solo.” Pero como no formaron militantes, ni organizaron células de difusión, ni acopiaron medios con los que comunicarse, y no tienen ni circulante para gastos de estructura, ni digamos de publicidad… el proyecto de partido se pierde entre cientos de quimeras de mesa electoral. Quizás todo se compensa con el mazo de papeletas que conviven en las mesas electorales mostrando sus nombres a los cabezas de lista.
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No sé por qué para este artículo me conquistó el ejemplo del bambú japonés y su lento y laborioso sistema de maduración.