Autor: Christian Viña

Esta madrugada, en un día nefasto para el país, el Senado –envuelto en el chantaje, las extorsiones, las amenazas y hasta las compras de senadores, supuestamente en contra; que fueron llevados a pasear por la presidenta, a la China- sancionó la “ley” del mal llamado, inexistente y antinatural “matrimonio” entre homosexuales; con la posibilidad de la adopción de niños. Con argumentos de “igualdad para el amor”, del “fin de la discriminación”, de “derechos para todos”, y hasta de un acaramelado “ternurismo”, con ribetes apóstatas, una circunstancial ultraminoría  (votaron a favor 33 legisladores; paradójicamente, el mismo número de años de Jesucristo en la Tierra) acaba de asestar un golpe letal a la sociedad argentina...
 
Digan lo que digan estos trasnochados –nunca mejor este término; pues, como ocurre siempre en estos casos, las cosas más corruptas y perversas se votan entre sórdidas tinieblas nocturnas-; diga lo que diga un papel impreso, teñido de positivismo, liberalismo y materialismo; diga lo que diga una presunta ley, a todas luces inicua; diga lo que diga el coro de “legisladores”, y “formadores de opinión”; funcionales al imperialismo demográfico, que no busca eliminar la pobreza sino a los pobres, matrimonio seguirá habiendo uno sólo: entre un varón y una mujer, para su mutua y plena realización; para siempre, y abierto a la vida... Mamarrachos, como queda visto, seguirán habiendo unos cuantos...
 
Un país quebrado, con más de la tercera parte de su población en la pobreza y la exclusión; en el que un millón de jóvenes, entre 13 y 19 años, no estudia ni trabaja; en el que millones de niños y jóvenes son destruidos con el aborto, la promiscuidad, la marginación social, el “paco” y las demás drogas, y todas las formas de violencia; en el que los ancianos son arrojados a morirse de frío en sus calles o en sombríos abandonos, hechos de soledad y desamparo; y en el que miles de familias son destruidas, intencionalmente, por el hedonismo, la miseria, y el consumismo, exige leyes serias, al servicio de la vida, la familia y la justicia social. Y no engendros leguleyos, impuestos por el Nuevo Orden Mundial; para saquear nuestras riquezas, destruir nuestros vínculos y sumergirnos en el más crudo e inhumano individualismo.
 
Un país despoblado y mal poblado como el nuestro, no sólo debe evitar el antinatalismo, sino promover decididamente las familias numerosas, con ayuda y sostenimiento, de ser necesario, de parte del Estado. Un país donde miles de niños buscan ser adoptados necesitan de la mamá y el papá que la vida o las circunstancias les negaron. Un país con grandeza, que no se reduzca a discursitos sensibleros sobre “mayorías” y “minorías”, no sometería a sus homosexuales a injustas discriminaciones, pero tampoco les concedería supuestos “derechos” a los que ellos, por elegir libremente la infecundidad, renuncian. Un país que, en verdad, quisiese ser políticamente libre, socialmente justo y económicamente soberano, no vendería sus convicciones de toda la vida, por unos billetes, al poder económico mundial; que, a cambio de “créditos” y apoyos internacionales exige toda una agenda antivida y antivalores... Es sólo el principio. La batalla continúa: se vienen el aborto libre y gratuito; la eugenesia y la eutanasia; y la elim nación deliberada de argentinos, con el “derecho a matar”, disfrazado de “libre elección”, “madurez” y “amor responsable”.
 
Hace unos días, una ucraniana, sobreviviente de la tiranía rusa, de setenta años, que diezmó su tierra, me dijo, con apesadumbrado acento eslavo: “Democracia es peor que comunismo. Hoy gobiernos y parlamentos (sería mejor llamarlos “parloteros”) hacen a la luz del día, y con el aplauso de ‘mayorías’ manipuladas, lo que los nazis y los stalinistas, hacían en las sombras; en los campos de concentración...”.
 
El mundo conoció, en el siglo XX, genocidios espantosos; cuyas imágenes patéticas conmueven todos los espíritus. Museos de holocaustos, galerías de la memoria, y espacios para el recuerdo, mantienen vivas, para las multitudes, las imágenes de un horror que no debiera repetirse.
 
Al comenzar el siglo XXI y el Tercer Milenio, sin embargo, la anticultura de la muerte ha instalado un verdadero humanicidio. Que asesina entre 60 y 70 millones de niños por nacer, por año, en el vientre materno; que condena al hambre, la desnutrición y la muerte a millones de niños pobres; que ve a la vida y a la fecundidad como el enemigo a combatir, y no como la realización de una auténtica justicia social; que extermina a millones de adolescentes y jóvenes con enfermedades venéreas, drogas y violencia; que aniquila adultos y ancianos con existencias paupérrimas, llamadas más pronto que tarde a sórdidas agonías...
 
Mientras el humanicidio recorre todo el orbe; pero, particularmente, el Occidente paganizado, los dueños del mundo siguen alentando el funesto carnaval del descontrol; que termina, en primer lugar, con los que se creen “libres” al elegirlo...

Mientras ellos sigan buscando destruir la civilización, nosotros seguiremos eligiendo la vida, la familia, los niños, los jóvenes, los adultos, los pobres y los ancianos. Mientras ellos sigan adorando a la bestia apocalíptica, nosotros seguiremos de rodillas ante Cristo Rey; juntando fuerzas para el “buen combate” (2 Tm 4, 7).
 
Sólo nos queda el futuro. Y, como decían nuestras abuelas, “a Dios rogando, y con el mazo dando...”. La única batalla que se pierde, es la que no se lucha...

BUENOS AIRES, jueves 15 de julio de 2010.
San Buenaventura, Obispo.-