Autor: Max Silva Abbott


Como se sabe, para sus partidarios, el aborto constituye un logro fundamental para el progreso de la mujer, quien puede así liberarse por fin de una manera legal y segura de un embarazo no deseado, dejar de estar en desventaja frente al varón para competir con él de igual a igual, y proyectarse como persona.

En el fondo, para sus defensores (ahora repotenciados gracias a la ideología de género y sus “derechos sexuales y reproductivos”) el aborto vendría a corregir la brutal injusticia que la naturaleza ha cometido con las mujeres, al maldecirlas con algo tan horroroso y nefasto como la maternidad. Por fortuna, desde su óptica, hemos podido darnos cuenta de ello y solucionar semejante barbaridad.

Ahora bien, al margen del hecho de estar matando a un ser inocente (pese a que muchos se esfuerzan por despojarlo de su calidad de persona); al margen de las inevitables secuelas que trae para la mujer interrumpir un embarazo (el llamado “síndrome post-aborto”); al margen de los efectos del aborto sobre las poblaciones, al ser un gran responsable de su envejecimiento en muchos países, que hoy ven en riesgo su propia subsistencia; al margen de estas y otras cuestiones, habría que preguntarse: ¿es realmente la mujer más “libre” gracias al aborto?

En realidad, pareciera que no. ¿Por qué? Porque al abrirse esta posibilidad, se ha hecho frecuente que a la postre la mujer sea víctima, y de manera creciente, de insoportables presiones para que aborte, dejando en muchos casos de ser ella la que decide en definitiva. Es por eso que la mujer no es la ganadora, sino que contrariamente a lo que se dice, es la otra gran víctima del aborto, además del hijo.

En efecto, si se mira bien, el aborto (sobre todo si es legal) termina convirtiéndose en un arma no tanto para la mujer, sino sobre todo para el hombre: en muchísimos casos, es el varón su principal instigador, fruto de su rechazo (y no necesariamente de la madre que lo lleva en su seno) del niño: el marido, el compañero, el novio, el amigo, el empleador, el jefe, el funcionario, etc. Dado que el aborto se legitima cada vez más, es imposible que no se lo vea como una “salida” ante aquello que “estorba” a otros, no sólo a la madre. Así, la mujer, presionada muchas veces hasta el extremo, es quien debe pagar los platos rotos: renunciar a su maternidad, ir contra sus más profundos instintos, sufrir las secuelas de tan dantesco drama, y además ser vista –y en muchos casos sentirse– como una dominada, incluso como alguien a quien se usa (no sólo en el orden sexual) impunemente y sin misericordia.

Por tanto, y de forma paradójica, el aborto se está convirtiendo en una nueva forma de esclavitud para muchas mujeres. Así las cosas, ¿quién sale ganando realmente?


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