Autor: Fernando Magallanes


Resulta de verdadero interés la histórica declaración conjunta católica-musulmana contra la justificación religiosa de la violencia. El lunes 1 de marzo de 2010, informaba la agencia Zenit, representantes del catolicismo y del Islam firmaron un documento en el que se rechaza la manipulación de la religión con fines innobles.

 

Los firmantes fueron el jeque de la universidad Al-Azhar del El Cairo, Muhammad Abd al-Aziz Wasil, representante de asuntos jurídicos, y el card. Jean-Louis Tauran, oficial vaticano encargado del diálogo interreligioso.

 

El documento sintetiza las conclusiones de la reunión anual del Comité permanente de Al-Azhar para el Diálogo entre las Religiones Monoteístas y el Consejo Pontificio para el Diálogo Interreligioso de la Santa Sede, celebrado el 23 y el 24 de febrero del año en curso.

 

Hay que mencionar que la universidad Al-Azhar es la escuela más prestigiosa del mundo suní y que sus juicios poseen gran peso en dicha comunidad musulmana. De igual modo, conviene recordar que en el Islam no existe ninguna autoridad espiritual y moral única como el papado en la Iglesia católica. Con esto, los musulmanes pueden sencillamente entender el reciente documento como un simple juicio no vinculante para el creyente en Alá. De aquí el fatigoso y a veces reducido camino que debe seguirse con el Islam.

 

No obstante, son de gran alcance declaraciones conjuntas en el tema de la manipulación de la religión con el fin de justificar la violencia, la política o la discriminación. Ayudan a definir los valores comunes sobre los que se puede dialogar y, a la vez, a conocer y respetar las diferencias.

 

Éstas fueron algunas de las recomendaciones finales: «prestar mayor atención al hecho de que la manipulación de la religión con objetivos políticos o de otro carácter puede ser fuente de violencia; evitar la discriminación en virtud de la identidad religiosa; abrir el corazón al perdón y a la reconciliación recíprocos, condiciones necesarias para una convivencia pacífica y fecunda».

 

Pretende también «oponerse a la discriminación religiosa en todos los campos (leyes justas deberían garantizar una igualdad fundamental); promover ideales de justicia, solidaridad y cooperación para garantizar una vida pacífica y próspera para todos».

 

Y, al mismo tiempo, convertirse en promotor de «una cultura del respeto y del diálogo recíprocos a través de la educación en la familia, en la escuela, en las iglesias y en las mezquitas, difundiendo un espíritu de fraternidad entre todas las personas y la comunidad; oponerse a los ataques contras las religiones por parte de los medios de comunicación social, en particular, en los canales de satélite, teniendo en cuenta el efecto peligroso que estas declaraciones pueden tener en la cohesión social y en la paz entre las comunidades religiosas».

 

Es un primer paso que luego debe abrir camino en la enseñanza religiosa y social. Puede significar el desarme del fundamentalismo y, en parte, del terrorismo, fenómeno preocupante de nuestras sociedades.

 

Y puede ser también el momento histórico necesario para que los musulmanes desarrollen una hermenéutica de la sharia, la ley islámica que nace del Corán, y de los hadith (dichos y hechos atribuidos a Mahoma), más acorde con la dignidad humana y con la época actual.


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